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Una fotografía no explica nada

Una fotografía no explica nada. No nos narra una historia. Para que haga esa función necesita un pie de foto que explique el suceso. Una misma imagen puede servir para ilustrar diferentes historias en diferentes momentos temporales solo cambiando el texto. La utilidad de la imagen en este contexto es aportar veracidad. La fotografía nos dice que eso que nos están explicando es verdad, aunque esa verdad esté siempre condicionada por las intenciones y la forma de ver el mundo del fotógrafo.

© Luis Ochandorena

Una fotografía se parece más a una poesía que a una novela. Su fuerza reside en la síntesis, en eliminar aquellos elementos que nos distraen del “mensaje”. El lenguaje que utiliza no son las palabras sino que nos habla a través de elementos visuales que nos producen ciertas sensaciones. Cuanto con más claridad puede provocar una experiencia en el espectador mejor es la fotografía. Ese nivel lo alcanza cuando la imagen se convierte en un símbolo.
En fotografía, el símbolo es invocado por alguna de las cualidades del objeto fotografiado. Por ejemplo, hacer una foto de una rama de olivo no nos conecta automáticamente con un símbolo de paz, aunque ésta sea la simbología clásica. En cambio una imagen de un lago que refleja las nubes con claridad porque el agua está en calma sí puede transmitir esa energía.

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Ser un canal

Asociamos esta expresión con algo místico y elevado cuando, en realidad, es algo muy simple. Podemos decir que “ser un canal” es ponerse a disposición de algo más relevante que uno mismo. Por lo tanto, estamos hablando de adquirir cierta actitud que podemos calificar como receptiva. Es una actitud de escucha que no se refiere a un acto pasivo sino a una activa presencia. Para poder acceder a ese estado hemos de apartar todas nuestras expectativas, deseos y criterios sobre el resultado. Es lo mismo que decir “apartar el ego”.

El término “escuchar” lo asociamos más con actividades como la del escritor o el músico. Dicen que Mozart escuchaba sus composiciones directamente en su mente y las transcribía a la partitura sin errores porque estaban completamente terminadas. Pero, podemos “escuchar” con los ojos? y cómo reconocer esa actitud receptiva en la mirada?.

© Luis Ochandorena

Cuando salimos a hacer fotografías de forma contemplativa, lo primero de todo es ir sin tener en mente ninguna imagen preformada. Es como decir que vamos con la mente en blanco. Esta disposición se asemeja al espacio en el que todo tiene cabida. El siguiente paso es sincronizar el ojo, el corazón y la mente. La forma de conseguirlo es prestar atención a nuestra percepción visual, a los colores, la luz y la forma del mundo sin dejar que otros asuntos interfieran. También conviene encontrar un equilibrio en la acción; ni quedarnos paralizados esperando algo impresionante ni lanzarnos a fotografiarlo todo. Encontrar el justo punto de todo esto requiere cierto tiempo de “precalentamiento” hasta lograr estar en sintonía. Es como abrir el grifo del lavabo y esperar a que salga el agua caliente.

Cuando alcanzas esa condición te encuentras que hay ciertos aspectos del mundo visual que “te piden” que los fotografíes. De alguna forma, cierta conjunción de elementos te llaman la atención, destacando por encima de todo lo demás. Ahí entra en juego la sabiduría del fotógrafo y su experiencia para saber transmitir en una imagen la percepción que ha tenido. Con eso basta. En todo este proceso el fotógrafo “no ha intervenido“. Su trabajo ha sido mantener la cañería lo más libre posible de obstáculos. Se dice que la foto se ha hecho sola; que el árbol, la piedra o el camino se han fotografiado a sí mismos.

Así, cuando llego a casa y veo las fotos, me sorprendo de los resultados y me quedo fascinado por el poder que tiene la fotografía de mostrar la realidad visual con tanta fuerza y detalle. Por mucho que pre-visualice cómo quedará la foto, siempre me sorprendo. A pesar de los muchos años, siempre es una experiencia nueva.

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La pasión por la fotografía

La pasión es el motor que hace que nos movamos por un camino que va atravesando etapas. No nos apasiona exactamente lo mismo cuando empezamos a andar que cuando llevamos un tiempo en ruta. Mi pasión es la fotografía desde que tenía 16 años y me quedaba fascinado con los folletos de las cámaras. Las etapas han sido muchas y variadas en estos cuarenta años: la pasión por los conocimientos técnicos, por el arte fotográfico, por la experiencia profesional y docente. Todo eso ha quedado atrás. Hace unos cuantos años que ese camino se ha encontrado con mi otra gran pasión, creo que incluso mayor que la fotográfica, la del conocimiento.

© Luis Ochandorena

La fotografía es una Vía (con mayúsculas) porque nos puede ayudar a salir de esa trampa a través de poner nuestra atención en aquello que percibimos con los ojos. No es algo que uno haga una vez y ya está sino que necesitamos un entrenamiento y una práctica para ir fortaleciendo ese “músculo” interno.

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La luz

La luz tiene esa doble cualidad de ser material e inmaterial al mismo tiempo, como el arco iris que podemos ver pero que nunca podremos alcanzar. Es un elemento que no podemos tocar pero ella sí que nos toca a nosotros. Nos acaricia suavemente posándose sobre todos los objetos sin distinción, sin establecer ningún juicio de valor. Como todo fotógrafo que se precie, estoy enamorado de la luz. Ella lo transforma todo. Hace que algo insulso se vuelva interesante dependiendo de cómo esté iluminado. Si la luz es suave envuelve a los objetos y no produce grandes sombras. La imagen resultante será más descriptiva del tema que aparezca en ella. Si la luz es dura producirá fuertes sombras y el resultado será más dramático. Es una evidencia y, al mismo tiempo, una contradicción pero es la luz la que produce las sombras. Aquella parte de la escena que está iluminada tiene vida, destaca del resto de la imagen. Su color y su forma están vivos. En cambio, las zonas en sombra se ven aplanadas y parece que solo estén allí para tener un papel secundario, como si su función fuera mostrarnos por contraste los maravillosos efectos de la luz.

© Luis Ochandorena

Sin la luz no existiría el color. Está completamente unida a él porque es su origen. Ya sabéis que el objeto absorbe el complementario del color que nosotros vemos. Si es una hoja verde quiere decir que absorbe la banda del magenta. Es así porque ella contiene todos los colores (cuando es una luz blanca). ¿Os imagináis ver el mundo en blanco y negro? Realmente la vida perdería mucho porque él nos aporta ese componente emocional sin el que todo parece más insulso. El color está asociado con las emociones. Utiliza un lenguaje directo que no pasa por nuestro pensamiento pero que afecta nuestro estado de ánimo. Estamos rojos de rabia o verdes de envidia. En sí mismo, el color constituye un símbolo que nos conecta con una clase de energía. Asociamos la espiritualidad con el color morado o la luz del sol con el amarillo, la naturaleza con el verde, y el cielo con el azul. En cambio el blanco y el negro se corresponden con la máxima luz y la ausencia total de luz pero en ninguno de los dos casos interviene el color. En los extremos la sutilidad del color y de los matices desaparece y nos quedamos ciegos.

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Sin título

Me hubiera gustado hacer muchas otras fotos, esas fotos maravillosas que han hecho otros fotógrafos. Pero es inevitable que yo solo pueda hacer las mías. Esas fotos me necesitan para ser hechas y yo necesito hacerlas. Hemos tardado en encontrarnos. Cuando nos vimos nos alegramos. Hacía mucho tiempo que nos buscábamos. Yo miré en otros lugares y recorrí senderos que no eran los míos. Evidentemente ellas no estaban allí. Como estaba ciego no conseguía verlas. Las fotos esperaron pacientemente a que abriera los ojos y las reconociera.

© Luis Ochandorena
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Sin palabras

La imagen es anterior a las palabras. No necesita de ellas para que tengan sentido. Por eso no encontrarás ninguna explicación sobre las fotografías. Qué pueden añadir las palabras a la imagen que no contenga ya?. No quiero condicionar tu experiencia cuando las observes.  Esa experiencia es visual y tiene que ver con la luz, el color y la forma que nos muestra la imagen en dos dimensiones. Ya no estamos viendo la realidad que refleja la foto sino que vemos cómo nos muestra esa realidad el fotógrafo. Al mostrarnos su foto nos señala qué porción, detalle o aspecto del mundo visual le ha llamado la atención y nos hace partícipes de ese hallazgo. Es como ver el mundo a través de sus ojos y de su corazón.

© Luis Ochandorena
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Mi enfoque personal

La actitud que adopto ante el acto fotográfico es la de no interferir en su desarrollo natural. Como fotógrafo, ese es mi “trabajo”, apartar los obstáculos que dificultan que todo evolucione de una forma fluida. Estos obstáculos son internos y adoptan la forma de pensamientos y emociones como pueden ser: mis esquemas mentales sobre cómo ha de ser una buena fotografía, la presión que me impongo para que mis fotos impresionen a los demás o una excesiva necesidad de demostrar mis conocimientos técnicos.

© Luis Ochandorena

Si realizo bien mi trabajo, mi atención queda libre para relacionarse con el mundo. A lo largo de la historia de la fotografía, los fotógrafos han luchado para ampliar nuestra visión y para ello han utilizado la gran calidad de su atención. A esta actitud le doy el nombre de fotografía meditativa y podéis saber más sobre ella en las webs  www.fotografiameditativa.com y www.fotografiacontemplativa.com